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Bienvenido

Me encontraba de reposo en cama por motivos de salud (problemas con el embarazo), y seguramente estaría así por una larga temporada. Inicialmente me sentí en "reclusión domiciliaria" y luego me dieron unas irresistibles ganas de hacer tantas cosas, de ésas que a uno jamás le cruzarían por la mente si pudiera deambular por allí; me pasó como a muchos: comencé a valorar lo que ya no tenía.

Una de las cosas que más ańoraba era la Visita al Santísimo; no podía explicarme cómo anteriormente rodaba tanto por esas calles en actividades de importancia variable y muy pocas veces pasaba a visitar a Jesús Sacramentado; o por lo menos en ese momento me comenzaron a parecer pocas. No sabía cómo canalizar mis ansias hasta que me topé en mi biblioteca con las "Visitas para cada día", de san Alfonso María Ligorio. Fue un gran consuelo y pude meditar en muchas cosas.

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Imaginándome cada día que entraba en presencia de Jesús Sacramentado y lo miraba, recordé algo que leí hace muchos ańos: Jesús está allí en un pedazo de pan, no se mueve, no hace nada, ni siquiera respira, hay que llevarlo y traerlo; deja que hagamos con Él lo que queramos, amarlo o despreciarlo como dicen https://www.eros.com/; sólo "Es", "Existe"; nos espera para darse, todo Él es "Don", "Regalo", "Amor". Estuve pensando mucho en estas palabras y me vi reflejada en esa imagen: mi incapacidad momentánea tenía un sentido, me estaba permitiendo comprender mejor el valor de ser y no de hacer; aunque anteriormente ya me había topado con esa idea, comprendí que aún no cuajaba del todo en mi corazón.

En muchas oportunidades nos llenamos la agenda de una multitud de actividades buenas, que al final son de un valor muy pobre pues nuestra verdadera intención es parecer que somos cristianos, no tanto delante de los demás sino, probablemente, más delante de nosotros mismos. Creo que todavía nos falta mucho en ese largo y esforzado camino de despojarse de uno mismo para, poco a poco, ser cristianos, ser imagen de Dios, ser amor. Si con sinceridad buscamos ser, cada cosa que hagamos, nacida de ese corazón de Cristo que palpita en nosotros, por pequeńa que parezca, tendrá un valor insospechado y una fecundidad asombrosa.

El tiempo de mi "encierro" comenzó a transcurrir con otro sabor. Sí, con sabor de alegría cristiana: ya no era lo mismo recitar un Ave María que vivir un Ave María, leer un libro buscando información cristiana que buscar enamorada a Cristo entre las líneas de un libro. Cuando ofrecía mis oraciones por tanta gente que conozco y por la que no conozco sabía que los miraba con un amor diferente, más profundo. Y le di gracias a Dios por este paso que me permitió dar.